viernes, 20 de enero de 2017

JORNADA EN EL MUSEO DE LAS NAVAS DE TOLOSA

El pasado miércoles 18 de enero, invitados por la Diputación de Jaén y Ediciones B y acompañados por Sebastián Roa (autor de Las cadenas del destino) y Lucía Luengo, de la editorial, un grupo de blogueros literarios, turísticos, administradores de webs de viajes y periodistas pasamos una jornada inolvidable en la localidad jienense de Santa Elena. Nuestro destino era el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, que se ubica allí. Santa Elena es el primer pueblo que encontramos tras pasar la frontera natural que supone Despeñaperros, yendo desde Madrid, en la provincia de Jaén. Allí, sobre el Cerro de los Olivares, se encuentra el museo, que es más un centro de interpretación de la batalla ocurrida el 16 de julio de 1212. Una batalla que supuso un paso de gigante para los reinos cristianos de cara a finalizar la Reconquista y que marcó el inicio del declive del imperio almohade en la península. Personalmente debo agradecer mi presencia, de forma muy especial, a Pepa Muñoz Escudero del blog Qué locura de libros.


Las cadenas del destino, tercera parte de la Trilogía Almohade de Sebastián Roa, nos lleva desde la dura derrota del ejército cristiano en Alarcos en 1195 hasta la batalla de las Navas de Tolosa a través de diferentes personajes y tramas, por lo que está visita también era especial para él. En la página de Ediciones B nos ofrecen el resumen de esta novela:


                       "Año 1195. Castilla ha caído en Alarcos y el califa almohade Yaquib Al-Mansur avanza sobre Toledo. Los conquistadores africanos impondrán al islam más rígido o sembrarán la Península de cristianos crucificados y cabezas cortadas. Las fronteras se resquebrajan, las aldeas y los castillos se vacían, oleadas de refugiados viajan hacia el norte. Por si fuera poco, los reinos de León, Navarra y Aragón se confabulan para repartirse los despojos del derrotado Alfonso VIII, por lo que éste no encuentra otro remedio que negociar con los musulmanes.

                           Sin embargo el embrión de la resistencia se sobrepone a la derrota y a la perfidia, y brota incluso entre la sangre del campo de batalla. En Castilla, la reina Leonor Plantagenet no se resigna a darlo todo por perdido y aun confía en la unión entre los estados cristianos para enfrentarse al enemigo común. En Aragón, el joven príncipe Pedro sueña con alcanzar la corona y convertirse en un paladín de la cristiandad. Y en León, una muchacha judía arrojada a la esclavitud será capaz de cualquier cosa por salvar a los suyos."

JORNADA, ACTIVIDADES, GASTRONOMÍA...

 

Salimos de Madrid a las ocho de la mañana en un día muy, muy frío. Al llegar al parking del museo los termómetros no superaban el grado positivo pero lucía el sol y eso ayudó a que la ruta senderista por el escenario de la batalla, que era nuestra primera actividad, fuese sumamente agradable. Antes de ponernos en marcha, uno de los diputados de la Diputación de Jaén nos dio la bienvenida y nos animó a conocer las bellezas (que son muchas) de la provincia de Jaén. Partiendo desde la base del Cerro de los Olivares comenzamos a caminar rumbo a la Mesa del Rey, la loma desde el que las tropas cristanas tomaron posiciones para la batalla. Entre ambas, un valle o nava que contempló el encarnizado enfrentamiento entre los ejércitos cristiano y almohade y que recorrimos de la mano de Lucía, guía del museo. Actualmente todo el paisaje está repoblado, sobre todo, con diferentes tipos de pino así que había que imaginarlo como estaba en el momento de la lucha: sin apenas vegetación y muy seco. El verano entonces estaba en todo su apogeo. Haciendo varias paradas, Lucía nos habló de la vegetación y fauna del lugar y de los pormenores de lo sucedido aquel 16 de julio que marcó un hito en nuestra historia. Durante todo el trayecto Pablo y Damián estuvieron pendientes de nosotros y del avituallamiento, ya que cargaron con mochilas en las que portaban agua y magdalenas mientras que Vicente, a su vez, hacía interesantes aportaciones a las explicaciones de Lucía.


La ruta, entre la ida y la vuelta, pasaba un poco de los seis kilómetros así que el sentir general era que habíamos abierto el apetito de sobra para la comida. Nos esperaba un menú medieval en el Mesón Despeñaperros, en la propia localidad de Santa Elena, un lugar con el encanto de lo tradicional y unas vistas espectaculares de Despeñaperros, que ofrece una cocina deliciosa que merece la pena conocerse. Para empezar nos ofrecieron una cata del producto estrella de la zona: el aceite de oliva. Nunca había tenido la ocasión de probar aceites de ese modo y fue toda una experiencia. Pudimos probar tres de los mejores: Oro de Bailén, Bravoleum y Cortijo de la Torre. A continuación nos sirvieron varios platos para compartir y uno principal, todos con reminiscencias árabes o con mezcla de las dos culturas, para terminar con unos dulces muy sabrosos y un té moruno con hierbabuena que nos ayudó a "bajar" la estupenda comida.


Volvimos al museo y comenzó la visita guiada. Lucía de nuevo tomó el mando para la primera parte de la exposición en la que, a través de grandes tapices, se nos explicó el modo de vida de la época en que se produjo la batalla de las Navas de Tolosa: la religión, las diferencias entre pueblo llano y nobles, las formas de subsistencia, los torneos... También pudimos disfrutar del paisaje a través de un gran ventanal que se orienta hacia la Mesa del Rey y la nava en que se produjo la batalla, antes de repasar las biografías de los principales actores de la batalla: Al-Nasir, el califa de los almohades y, por parte cristiana, el rey Alfonso VIII de Castilla, el papa Inocencio III, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra. La segunda parte de la visita, más centrada en la batalla, se encargó Pilar de hacerla. Y fue una delicia la pasión que puso y el modo de explicarla, tan vívida y realista, con ese punto de humor que hace que conocer la historia sea toda una aventura.


Nuestra salida fue un poco precipitada porque el horario del AVE de Sebastián mandaba y  nos habíamos alargado algo más de lo debido. Pero estábamos tan a gusto que hubiéramos podido quedarnos un rato más, disfrutando de las instalaciones y del mirador, aunque con el frío y el viento que se había levantado quizá no era la mejor opción salir a él. Durante el viaje de vuelta a Madrid, Sebastián Roa nos firmó Las cadenas del destino a quienes se lo pedimos y tuvo la amabilidad y paciencia de contestarme a unas preguntas para una entrevista que publicaré en un par de días.

LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA


No pretendo aquí explicar al detalle lo sucedido aquel 16 de julio de 1212, sólo resumir cómo se produjo la batalla y las consecuencias que tuvo, porque en este país desmemoriado para la historia en el que, al parecer, tenemos que pedir perdón hasta por vivir en él, creo que merece mucho la pena recordar hechos que marcaron hitos. Y la batalla de las Navas de Tolosa lo fue, no sólo a nivel peninsular sino fuera de nuestra fronteras.

En 1195 el ejército castellano de Alfonso VIII había sufrido una tremenda derrota en Alarcos. Los almohades salieron victoriosos y para el rey de Castilla la humillación fue inmensa. Pero a pesar de ello supo sobreponerse y, con la certeza de que la unión de los ejércitos de los diferentes reinos cristianos podrían vencer a las tropas almohades, se propuso convencer a los reyes de León, Navarra, Aragón y Portugal para que se uniesen a él en la lucha. En aquel momento las relaciones entre ellos eran, por decirlo de un modo suave, un poco complicadas. Unirlos era una tarea casi quimérica. Pero Alfonso VIII se saca un as de la manga: consigue que el Papa Inocencio III proclamara la Santa Cruzada para luchar contra los almohades.


Esto supuso que ya no fueran sólo los ejércitos "profesionales" los que batallarían, sino que otro ejército, el de los numerosísimos voluntarios de los reinos cristianos de la península y de fuera de nuestras fronteras, se prestase a luchar. Al estar amparados por la Cruzada, morir en batalla suponía el acceso al paraíso y el perdón de todos los pecados. En las tropas almohades estaba proclamada la Yihad, con las mismas consecuencias para los caídos en batalla. En una época en que el mundo religioso y celestial era el que mandaba, semejante reclamo atrajo a un gran número de combatientes por ambas partes, incluso de órdenes religiosas como Templarios y Hospitalarios.

Finalmente se unen a Alfonso VIII los reyes de Aragón y Navarra: Pedro II y Sancho VII. No así los de León y Portugal. El amanecer del 16 de julio de 1212 las tropas cristianas toman posiciones en la hoy llamada Mesa del Rey, un cerro elevado en las cercanías de la localidad de Santa Elena, lugar en el que estaban acampadas las tropas almohades. Aunque algunas fuentes de la época hablan de más de 70.000 integrantes en el ejército de los tres reyes, por el lugar en el que se colocaron los expertos actuales consideran que no pasarían de unos 12.000. Así y todo ya era un número muy elevado, ya que normalmente las batallas se dirimían con ejércitos de entre 2000 y 3000 hombres. Las tropas almohades, como poco, les doblaban en número y, al conocer la presencia de los cristianos, se ubican en un cerro enfrentado con la Mesa del Rey, el Cerro de los Olivares, dejando en medio un pequeño valle o nava que sería el escenario final del choque entre ambos ejércitos.


El primer ataque es por orden del rey Alfonso VIII y encabezado por el señor de Vizcaya, López de Haro. Este choque con la vanguardia almohade fue brutal y obligó a una retirada parcial de ésta para reorganizarse y lanzar, casi inmediatamente un ataque de caballería que comienza a debilitar las líneas cristianas. El primer dato que daba cierta ventaja a los cristianos es que habían acampado en un lugar flanqueado por dos ríos, ambos embarrancados y casi imposibles de cruzar. Eso impedía que el ejército almohade pudiese ejecutar su técnica de tornafuya: atacar con la caballería de forma veloz y retirarse del mismo modo, hasta conseguir que el ejército enemigo se lanzase en su persecución rompiendo la formación. Al hacerlo, los almohades les rodeaban y conseguían un inmenso número de bajas. La presencia de los dos ríos impidió que esta técnica envolvente se produjese.

Esta carga supuso entonces el retroceso de los cristianos, aunque en primera línea quedaron López de Haro y los soldados de las órdenes militares batiéndose en combate cerrado. Al ver retirarse a los cristianos, la vanguardia almohade se lanzó en su persecución. Segundo error: su centro quedó muy debilitado por esa maniobra.

La única opción que quedaba para Alfonso VIII, después de que la segunda línea se hubiese lanzado al ataque y contemplando el cierto desorden que reinaba en las tropas almohades, fue, tras consultarlo con el arzobispo de Toledo, lanzar una carga final. Algo histórico y único: la carga de los tres reyes. Alfonso VIII, Pedro II y Sancho VII se pusieron al frente de sus ejércitos de retaguardia y se lanzaron al ataque. Vencer o morir. Las líneas almohades se vinieron abajo por el empuje de los cristianos y fue Sancho VII el Fuerte (llamado así por su gran estatura, que, al parecer, pasaba de los dos metros) el que rompió las cadenas que cercaban el palenque de Al Nasir (Miramamolín para los cristianos) consiguiendo que sus hombres acabasen con la guardia negra, la guardia personal del califa. Miramamolín huyó con algunos leales. Esas cadenas son las que aparecen hoy día en el escudo de Navarra.

La caída de la tarde trajo el silencio de la muerte en el campo de batalla, sólo roto por el Te Deum que el arzobispo de Toledo rezó rodeado de cadáveres de ambos bandos.

La victoria en la batalla de las Navas de Tolosa abrió el camino para el final de la Reconquista. Las tropas cristianas de los diferentes reinos fueron haciéndose con las más importantes ciudades del sur hasta dejar cercado el último reducto musulmán: el reino nazarí de Granada, que acabó cayendo en 1492 a manos de los Reyes Católicos. Pero esa es otra historia.

martes, 10 de enero de 2017

LA CAPITAL DEL MUNDO de Gonzalo Garrido

Había escuchado hablar muy bien de Gonzalo Garrido tras su novela Las flores de Baudelaire, pero no me había estrenado con su prosa. Pero gracias a Pepa Muñoz Escudero del blog Que locura de libros y a la Editorial Alrevés he podido llegar a La capital del mundo y perderme en las calles de Bilbao junto a su protagonista, Ricardo Malpartida. En alguna otra ocasión he comentado que es una estupenda idea sacar la novela negra de los escenarios de ciudades grandes y llevarlos a otras más pequeñas. Incluso a pueblos. La maldad o los crímenes no están sólo en las grandes avenidas o en los barrios marginales de las capitales, a veces es más sencillo encontrarlos entre los muros de casas de adobe, en esos rencores enquistados durante años por unas tierras o unas cabezas de ganado. Y pueden ser mucho más crueles.

He de reconocer que mi conocimiento de Bilbao es escaso y además de hace unos cuantos años, pero creo que el autor ha sabido hacer un retrato fiel de la ciudad actual, no sólo de su geografía sino, especialmente, de sus gentes, de sus políticos, sus bajos fondos, eso que no se ve entre quienes visitan el Guggenheim. Además lo hace dándole, en ocasiones, un matiz irónico que no es necesariamente amable, quizá porque a Malpartida también la ironía se le ha vuelto algo amarga.

EL AUTOR: GONZALO GARRIDO


Bilbaíno de nacimiento, Gonzalo es escritor y consultor de comunicación. Administra el blog Literatura basura y es promotor del Encuentro de Blogs Literarios así como del Encuentro de Novela Criminal y Negra de Bilbao. Durante su trayectoria profesional ha vivido por temporadas en Estrasburgo y Bruselas.

Su primera novela fue Las flores de Baudelaire, publicada por Alrevés en 2012 con la que quedó finalista en la Semana Negra de Gijón de 2013. En 2014 publicó El patio inglés, también con Alrevés. En ella deja a un lado la novela negra para centrarse en una trama más intimista sobre la vida. La capital del mundo es, por ahora, su última novela.

LA MUERTE DEL CATEDRÁTICO


Ricardo Malpartida es un detective privado de Bilbao, profesión a la que llegó después de años de taxista. Tiene su despacho en un barrio de no demasiada buena reputación en la ciudad y sobrevive a duras penas, con encargos de poca monta y sin brillo. Pero quizá su carrera vaya a dar un giro positivo. La viuda de Ángel Mato, un científico que ha aparecido muerto entre los escombros de un edificio que se estaba derribando, le visita para que investigue qué ha ocurrido ya que no está de acuerdo con la versión oficial dada por la policía.

Su contacto en el sindicato policial y la ayuda de Francisco, portero de su edifico y un poco su "hombre para todo", colaboran para intentar encajar las piezas de un puzle que no tiene una imagen clara.  Su vida personal tampoco ayuda a que esté totalmente centrado en lo que investiga, que resulta no ser tan sencillo como parecía a primera vista. Hay demasiadas cosas ocultas en la vida de Mato.

BILBAO IS WONDERFUL


Quizá lo primero que llama la atención en la novela, un poco como lo que me sucedió con La maniobra de la tortuga de Benito Olmo, es ese matiz "clásico" del detective que Malpartida tiene. Se mueve bien en los bajos fondos, bebe y fuma en exceso, su despacho está en una zona nada glamurosa y es casi más una cueva en la que recogerse que una zona de trabajo. Tiene una hija de 16 años a la que ha criado solo porque su mujer les abandonó y la relación con ella es complicada por decirlo de una forma suave. Su relación actual (con una mujer profesional y triunfadora) se ve desgastada, ya no le ilusiona ni le llena, pero el sexo para él es importante y al menos con ella lo tiene garantizado.

Y aquí es dónde, quizá, me meto en terreno pantanoso porque, lamentándolo mucho, aunque la novela en su conjunto me ha gustado bastante, el personaje de Ricardo Malpartida no lo ha hecho en exceso. Sí, es un antihéroe con muchas características de los del cine o la novela negros. Cierto que no es más que una creación literaria y como tal tiene todo permitido, pero esos tics machistas ("tener una hembra en la cama", por ejemplo, o lo de la pistola como incentivo sexual) no favorecen mis simpatías precisamente. Tampoco hace ascos a mantener relaciones más o menos esporádicas con alguna que se cruce por delante. Cae además Garrido en algo que ya he señalado en otras reseñas, como en la de Obscena. Trece relatos pornocriminales: Ricardo Malpartida no es un hombre especialmente atractivo, al menos tal y como se describe a sí mismo, sin embargo las mujeres con las que acaba teniendo una relación o un simple lío son guapas, con buen tipo, deseables en conjunto. Es algo que siempre me llama poderosamente la atención. Con ello no quiero decir que Malpartida sea un mal personaje, al contrario. Es complejo, tiene sus momentos de flaqueza y sabe sacar partido de las peores situaciones, aunque personalmente le afecten. 


Salvando este detalle, que además es una apreciación muy personal, la novela sabe mantener el interés y la intriga en todo momento acerca de lo que ha podido sucederle a Ángel Mato. Su cadáver, que ha aparecido sorpresivamente al derribar un edificio antiguo, no muestra señales de violencia, por lo que la investigación oficial no tarda en calificar su muerte de suicidio. Pero ¿qué hacía Mato en ese edificio? Mato era un catedrático muy bien considerado en círculos académicos y científicos, un hombre, al parecer, modélico en su vida personal. Partidario de la independencia del País Vasco, su círculo social era amplio y de cierto nivel. Pero su esposa no está de acuerdo con la tesis de la policía y acude a Malpartida para que investigue: antes de aparecer muerto, Mato llevaba una semana desaparecido y el modo y el lugar en el que han encontrado su cuerpo no tienen lógica para ella.

Malpartida utilizará su contacto con un amigo que está en el sindicato de la policía (amigo que, aunque está "felizmente" casado y es otro tipo del montón, se acostó en su día con la inspectora encargada del caso, mujer capaz, inteligente y especialmente atractiva... de nuevo el tópico) para saber qué es lo que en la investigación oficial se cuece. También contará con la ayuda de Francisco, una especie de hombre para todo y que trabaja como conserje en el edificio en el que Malpartida tiene su despacho. Malpartida suele pagarle sus servicios de formas diferentes, incluso buscándole alguna noche de placer y Francisco sabe moverse bien entre la gente. Si he de buscar un paralelismo, no he podido evitar, salvando las distancias, recordar a Biscúter, ese hombrecillo que se mueve a la sombra de Pepe Carvalho y que es un genio de los fogones. Biscúter provoca una especie de ternura triste en el lector, no así Francisco, mucho menos sombrío, de quien a veces nos preguntamos cuándo cumple con sus funciones de conserje cuando está ayudando a Malpartida.

Malpartida irá tirando de hilos diferentes y la mayoría parece no llevar a ninguna parte. Sí que descubrirá detalles curiosos al hablar con los vecinos del inmueble derruido y con el propietario del piso en el que apareció el cadáver de Mato. Pero nada cuadra con lo que la esposa le ha contado del catedrático ni con la imagen respetable que de él se tenía. Los barrios y calles de Bilbao están bien descritos y es sencillo imaginarlos aunque no los conozcas. También el ambiente de los bares que frecuenta Malpartida, que tienen ese aire decadente y desgastado que tan bien acompaña al detective. La ciudad se está modernizando a pasos agigantados en los últimos años, trata de dejar atrás épocas muy oscuras, pero esa modernización a Malpartida muchas veces le parece ridícula, como ese eslogan de "Bilbao es Wonderful" que lucen hasta los autobuses urbanos. Los políticos no salen muy bien parados en la novela, en su afán por medrar y conseguir mantenerse en la poltrona. Pero esa modernización no puede ocultar los barrios más grises de Bilbao, esos en los que aun quedan muchos cabos sueltos de épocas pasadas, con calles escondidas que parecen la tramoya de un teatro: son la parte de atrás de un decorado con aspecto actual, renovado, que es el que todos ven. Pero están ahí, Malpartida las conoce, y sabe que son realmente el alma de la ciudad.

El tema de ETA está tratado de forma tangencial, aunque no deja de ser una pesadilla de la que no acaban de despertarse, y también la política local. Garrido utiliza en ocasiones una fina ironía para hablar de ella y de los deseos independentistas de una parte de la población, de las falsas apariencias, del propio trabajo de detective. Hay guiños especialmente simpáticos como usar el apellido Dolz (de Gregory Dolz, director de la editorial Alrevés) para uno de los personajes o el de Lapena para un juez, con la connotación sarcástica que conlleva.

Escrito en tercera persona, pero centrándose en Malpartida como protagonista absoluto, Garrido hace gala de un estilo muy personal pero cuidado, dosificando la intriga en su punto justo y mostrándonos cada paso que el detective da. De vez en cuando se intercalan páginas sueltas escritas en cursiva que parecen hacer referencia a algo completamente ajeno a la narración, pero que tendrá su explicación al final. El caso, además, se complicará cuando parece más estancado, haciendo que Malpartida deba cambiar muchas de sus conjeturas mientras su vida privada se va yendo al garete de forma irremediable.

La capital del mundo, en resumen, es una novela interesante, con una intriga eficaz y bien llevada y un desarrollo perfectamente medido para no dar respiro al lector. En eso Gonzalo Garrido demuestra maestría, al igual que en dotar de tintes clásicos tanto a Malpartida como a los ambientes en los que se mueve. Recomendable, sin duda.







lunes, 2 de enero de 2017

EL REGRESO



Se miró otra vez las zapatillas deportivas que llevaba en los pies, pero seguían sin darle pistas. Deben ser caras, se dijo, aunque no supo exactamente por qué. A su alrededor se extendía una enorme pradera verde que iba a morir en un alto acantilado, donde las olas se rasgaban sangrando espuma. Por encima de su cabeza el cielo estaba gris y pesado, como amenazando tormenta sin llegar a decidirse. El blanco inmaculado de sus zapatillas se le hacía extraño en los ojos y en el corazón, porque la hierba estaba mojada y, en su parcial vacío de memoria, sabía que la hierba mojada ensucia y es muy difícil quitar el rastro que deja.


Comenzó a tener frío. Se abrochó la cazadora hasta arriba y echó a andar sin rumbo fijo. Sentía las piernas extrañamente pesadas y le costaba caminar, pero se esforzó en ello. Sabía que debía seguir adelante y, de todas formas, no veía que tuviese nada mejor que hacer. Allá a lo lejos divisó el perfil blanco y negro de una casa. Tenía dos chimeneas, una a cada lado del tejado, y ambas humeaban. El contraste de la sobria casita contra el verde del suelo y el gris de las nubes le daba al paisaje el aspecto de acuarela recién pintada. La sonrisa complacida que esbozaba se rompió de repente por un pinchazo doloroso y sordo en mitad de su espalda. Suspiró.


Se miró las manos y las descubrió pequeñas y regordetas. Casi tenía conciencia de sí mismo como adulto, aunque el descubrimiento le agradó especialmente. Pero dejaba de tener importancia porque acababa de saber que podía correr, que ya no le resultaba fatigoso tenerse en pie. Sí, soy un niño, rió feliz mientras atravesaba la pradera corriendo, saltando, revolcándose en una hierba mojada que no mojaba. Una sensación de felicidad exultante le estallaba en el pecho mientras sus carcajadas retumbaban bajo las nubes. Se estaba olvidando hasta del dolor de espalda, pero regresó con fuerza. Como una pedrada. Me habré caído, se resignó. Aunque me gustaría acordarme.


Ahora había un hilo de cometa en su mano derecha, un pájaro de tela sutil y de mil colores que jugaba con el aire a mantenerse erguido. Y siguió corriendo, sosteniendo firme la cometa, consiguiendo que las gotas saladas que la brisa traía atrapadas en su fuerza le chocaran contra los ojos, contra las mejillas, contra la garganta al gritar. 


Tengo que volver a casa, le susurró una vocecita que parecía brotar de su propia frente. Se giró y tomó el camino de arena que llevaba a la de las dos chimeneas. Mi casa. El recuerdo del sabor del pan de canela le llegó potente y sin avisar. Siempre dejaba que le acariciase la boca como un caramelo antes de tragarlo y dar otro bocado. Pero lo que más deseaba en aquel momento era estar en su cama caliente, llena de mantas que le abrazaban y le protegían de los malos sueños, aunque fuese incapaz de recordar ninguno. Tuvo la certeza de que no los había tenido jamás. Seguía caminando inquieto, casi saltando sobre ambos pies, para alejar el dolor punzante como un mordisco que se le había concentrado entre los omoplatos. Soy un niño feliz, pensó con toda su alma. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Y si no sé nada más no me importa. Sólo me gustaría saber por qué ahora el cielo es casi rojo y no hay estrellas.


Las ventanas de la casa se encendieron en amarillo y naranja, depositando trozos de sí mismas en el porche y en la pradera, así que se atrevió a mirar por una de ellas. Una mujer se afanaba colocando primorosamente platos y vasos sobre la mesa decorada, mientras hablaba con alguien que permanecía sentado en un sofá y al que no podía ver. Mamá. Hoy no quiero cenar, mamá, apenas murmuró cruzando la estancia rumbo a su cuarto, rozando al pasar las bolas rojas del gran abeto de Navidad. Se refugió entre las sábanas, contento con su suerte y buscando con picardía el mazapán que tenía escondido bajo el colchón. No podía tumbarse boca arriba, que era como le gustaba, porque el dolor se lo impedía, pero, a pesar de ello, se durmió sonriendo a la noche.


- Deberías dejar de poner su plato, mujer – dijo el hombre del sofá con ternura – Sé que te ilusiona, pero sigue doliendo y ya has sufrido bastante. Han pasado casi quince años....
- Quizá, pero creo que se lo debo y además me encanta recordarle. Cada año enciendo las luces del árbol con la esperanza de que iluminen su felicidad, para que siempre tenga esa expresión… ¿te acuerdas? La que puso cuando abrió la caja de las zapatillas de deporte nuevas o cuando descubrió el paquete con la cometa. Sólo espero que se fuera sabiendo que hicimos lo posible para que viviese feliz.


Y encendió la guirnalda luminosa y las siete velas de la mesa, las mismas que años tenía el niño tenía cuando un golpe de aire le lanzó a los dientes del acantilado.


Soy feliz, mamá.


La chaqueta del pijama apretaba demasiado y se la quitó. El dolor que le destrozaba la espalda cesó de repente y sintió como un renacer explosivo que se abría paso a través de la piel, creciendo algodonoso y suave. Ahora ya sabía quién era y a donde iba. Sólo tuvo que extender las alas.

viernes, 30 de diciembre de 2016

LA CARRETERA de Cormac McCarthy



Nunca he tenido muy claro de dónde viene esta vena mía de sentir auténtica atracción por los escenarios postapocalípticos. Me fascinan de un modo intenso. Quizá porque en ellos ya no eres lo que eras, ya no hay lo que había y el olvido es casi dueño y señor de todo. Sí, los protagonistas de estas historias recuerdan, pero los recuerdos son como fotografías en blanco y negro que se van difuminando por efecto del tiempo y su contenido casi deja de tener sentido. También me apasionan narraciones y películas de  desastres y cataclismos, sean naturales o provocados. Incluso, por muy malas que sean, esas cutrecillas de invasiones extraterrestres con mala baba que lo dejan todo convertido en un erial.

Llegué a “La carretera” por un profesor de literatura de mi hijo mayor, que estaba empeñado es descubrirles lecturas diferentes. Es un libro extraño al menos, con una manera de narrar distinta y una forma de presentar los diálogos que a veces es casi descarnada. Desde luego no es una novela que guste a todos y provoca sentimientos encontrados: o te entusiasma o no te gusta en absoluto, pero jamás te deja indiferente. Ni frío. Pero frío es lo que destila cada una de las páginas, un frío gris, sucio, inclemente y aterrador. Quizá lo mejor sea caminar nosotros también en La carretera para entender ese mundo desolado que Cormac McCarthy dibujó con maestría.



EL AUTOR: CORMAC MCCARTHY


Nacido en 1933 en Providence pero criado en Knoxville (EEUU), su padre era abogado y tuvo una educación católica y bastante conservadora antes de ingresar en la universidad. Pasó unos años en el ejército del aire de Estados Unidos sin haber terminado sus estudios. Muy influido por William Faulkner escribió su primera novela, El guardián del vergel, en 1965, con una ambientación muy rural. Tres años después publicó La oscuridad exterior, que mezcla algunos toques góticos con un “western” casi crepuscular.

Su tercera novela tuvo que esperar hasta 1973, Hijo de Dios. En ella el estilo es ya más directo, muy áspero pero con una gran intensidad lírica y una atmósfera inimitable, como es seña de identidad también en La carretera. Meridiano de sangre, en 1985, da una vuelta de tuerca más a su incursión en el “western” más sucio y brutal protagonizado por un grupo de pistoleros que se dedican a exterminar indios. Cormac cambió de registro completamente con Todos los caballos bellos en 1992, ya que la novela puede considerarse romántica, y con la que ganó el National Book Award.

En 2005 publica No es país para viejos retomando de nuevo ese estilo de “western” crepuscular, que tan buenas críticas había cosechado, en la que el asesino a sueldo que la protagoniza es absolutamente aterrador. Ya en 2006 llega La carretera, por la que ganó el Premio Pulitzer, en la que narra la historia de un padre y un hijo en un mundo devastado. También ha probado suerte en el teatro, aunque con menos éxito. En 2013 Ridley Scott estrenó El consejero, protagonizada por Michael Fassbender, en la que Cormac había escrito el guión. Se acusó a Scott de no haber entendido la filosofía de Cormac ni a sus personajes y la película pasó casi sin pena ni gloria. 

FRÍA Y GRIS DEVASTACIÓN

 

El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido. Un apocalipsis del que nada se nos cuenta ha convertido el planeta en un páramo gris y helado, en el que los ríos no tienen vida, la vegetación ha muerto y los pocos supervivientes que van quedando se arrastran buscando cómo seguir vivos un día más. La mayoría están solos o en pequeños grupos, intentando encontrar comida y refugio. Pero muchos se han unido en grupos brutales que han optado por el canibalismo como modo de vida.


Camino al sur, un padre y un hijo caminan siguiendo la carretera. Confían en que, al borde del mar, las cosas irán mejor. Ambos sólo se tienen el uno al otro pero tratan, sobre todo, de no perder su humanidad. Huyen a veces. Se alegran otras con pequeñas alegrías inesperadas. A menudo tienen miedo y siempre el frío les muerde la carne. El amor del padre por su hijo y la devoción de éste por su padre son lo único cálido que vamos a encontrar.



LOS RELOJES SE PARARON A LA 1:17



“Al despertar en el bosque en medio del frío y de la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo.”


García Márquez dijo en una ocasión que lo más difícil de una novela era escribir la primera frase, que lo demás saldría más fácilmente. Con estas tres comienza La Carretera, presentándonos la realidad en la que viven los protagonistas, un padre y su hijo pequeño, exactamente como ellos la ven. Tenebrosas tinieblas. Días grises. Frío y oscuridad. A pesar de semejante escenario La carretera es completamente adictivo, emocionante, distinto, único, desasosegante, duro y luminoso dentro del escenario gris y deprimente que nos presenta. Puedo asegurar que La carretera me llegó dentro como un impacto duro pero potente como pocos. Fue capaz de darme imágenes tan vivas, de transmitirme sentimientos tan intensos, que pude sufrir el frío mordiente y crudo que los protagonistas llevan calado hasta los huesos. He podido estremecerme con sus miedos, con cada paso que daban en pos de un posible futuro mejor, de un lugar donde vivir a pesar de que la esperanza parece tan lejana como el centro de la Vía Láctea. La relación entre el padre y el hijo, dentro de un universo hostil y peligroso, es tierna y cómplice. Sólo se tienen el uno al otro y eso es lo que les da fuerzas para continuar.



El mundo que conocemos ya no existe. Un cataclismo ha asolado la humanidad dejándola convertida en un universo gris, inhóspito y desolado. En el libro no se cuenta el origen de ese cataclismo ni qué es exactamente lo que ha ocurrido. La única referencia a ello es que “Los relojes se pararon a la 1.17. Un largo tijeretazo de claridad y luego una serie de pequeñas sacudidas.” Y en otro momento, como de soslayo, dice que esa noche “vieron arder ciudades a lo lejos”. Cuando sucede el desastre el hombre se halla junto a su mujer, embarazada. Pocos días después, ya sin luz eléctrica, ni agua, ni suministros de ningún tipo, el niño viene al mundo sobre la cama de sus padres.

Cuándo y cómo decidieron echar a andar hacia el sur no se nos muestra, pero debía ser la única opción posible. A través de los recuerdos del hombre sabremos que empezaron a seguir la carretera, como única vía de escape, los tres. Pero ahora la madre ya no está con ellos y el recuerdo de lo que ocurrió con ella aparecerá como un fantasma. Hay una enorme tristeza en esos párrafos, una sensación de soledad desgarradora. Hombre y niño la recuerdan de formas distintas, pero igual de intensas; una imagen de lo que tuvieron y se perdió. 

Los dos siguen, tiempo después, caminando por la carretera hacia el sur. Buscan calor, lugares con vida, comida, futuro. Llevan todas sus pertenencias en un carrito metálico de supermercado, incluso juguetes que le gustan al niño. Cubiertos con capas y capas de ropa sucia y ajada que ya casi ni les abriga, los pies tapados con zapatos destrozados y ajenos y envueltos en harapos. Pero siguen adelante, día tras día. Cuando cae la noche, se alejan de la carretera para acampar escondidos. Huyen de cualquier otra presencia humana pues la experiencia les ha enseñado que no puede esperarse nada bueno de ellos. Algunos se han vuelto caníbales, otros matan a quien se encuentran en su camino sin mediar palabra. 


Todo es gris y negro a su alrededor. Abrasado antes de estar helado. La capacidad del autor para describir infinidad de matices en ese gris roza la maestría. Las noches se convierten en una negrura insondable, no hay nada que ofrezca ni el más ligero destello. Cuando empieza a nevar, la nieve también es gris. El sol, cubierto eternamente de nubes oscuras, es sólo un recuerdo olvidado. Los ríos no tienen vida, los campos están muertos, los pueblos que encuentran a su paso son ruinas abandonadas y arrasadas por el caos que se produjo tras el cataclismo. Cuando consiguen llegar a una playa, el mar tiene la apariencia del mercurio y ya no alberga nada en su interior. Incluso el aire que respiran es veneno, cargado como está de cenizas. Ambos llevan máscaras hechas con trapos, pero el hombre, aunque lo oculta a su hijo, se ahoga por la tos y escupe sangre cada vez más a menudo.



“Una hora después estaban sentados en la playa contemplando el horizonte cubierto de niebla tóxica............ En la arena de la caleta que había más abajo hileras como caballones de pequeños huesos entre las algas. Más allá los costillares blanqueados por la sal de lo que podían haber sido reses. En las rocas una escarcha de sal gris. Soplaba el viento y unas vainas secas correteaban por la arena y se detenían y volvían a correr.”


Es difícil describir mejor y con menos palabras la desolación. 


El hombre lleva una pistola con sólo dos balas. Y sabe muy bien qué hará con esas balas si llegase el caso. Pero siempre le asaltan las dudas de si será capaz de acabar con la vida de su hijo: le ve tan frágil, tan desvalido, tan delgado que su única obsesión es ponerle a salvo de todo. Habla con él razonablemente, sin eludir las respuestas a las dudas del pequeño pero tratando de adaptarlas a lo que él pueda entender:


“¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos, papá?
No mucho.
¿Eso cuánto es?
No lo se. Quizás un día más. Tal vez dos.
Porque es peligroso.
Sí.
¿Crees que nos encontrarán?
No, no nos encontrarán.
Podrían encontrarnos.
No, seguro que no nos encontraran.”


Los diálogos no llevan los consabidos guiones al principio de cada frase, pero son sencillos de seguir, sin artificios, sin adornos. A veces el hombre es duro con el niño, pero siempre es para ponerle a salvo, para protegerle aunque cuando el pequeño deja de hablarle, enfadado por su dureza, hace lo imposible para que vuelva a dirigirle la palabra. Es como si no soportara aumentar la soledad que les rodea con el silencio de su hijo. 


Hay detalles de una ternura especial, como cuando el hombre encuentra una lata llena de Coca Cola y se la da al niño. El pequeño no sabe lo que es, jamás ha visto o bebido algo semejante y se sorprende de que tenga burbujas y de que le hagan cosquillas en la nariz. O cuando encuentran un bunker de supervivencia en el jardín de una casa completamente intacto, lleno de comida, ropa y camas y el primer deseo para cenar del niño son peras, porque es la primera lata que ha visto al bajar. Incluso existe esa ternura cuando siente lástima de otros humanos con los que se cruzan y quiere ayudarlos de algún modo, a pesar de que su padre le insiste en que no es buena idea.


Por supuesto, no pienso destrozaros los detalles de la novela ni su final, creo que es algo que merecéis descubrir vosotros. Pero si de algo estoy segura es de que os impresionará más de lo que podáis pensar antes de empezar sus páginas, porque a mí me ha ocurrió. Las frases cortas, directas y tremendamente emotivas que Cormac McCarthy utiliza para narrar el viaje del padre y su hijo hacia un futuro y un lugar que no saben si existen son fascinantes. Te convierten en un espectador privilegiado de un mundo que podría ser el nuestro si por un azar todo se va al garete. Y muchas veces sufres la impotencia de no poder ayudar a los protagonistas. O, al menos, de no poder abrazarles como consuelo. 


“El hombre se volvió y le miró. Estaba sumamente concentrado. El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciando la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por los lobos”

“Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.” 

No, no hay ninguna errata, ni falta la coma. Los pensamientos no usan signos de puntuación.